Opinión de: Shawn Tabrizi, jefe de ingeniería en Parity
En la búsqueda de la adopción, muchos desarrolladores de Web3 se centraron excesivamente en una métrica simple y seductora: las transacciones por segundo (TPS). Los protocolos han pregonado cifras que rivalizan con los sistemas de pago tradicionales, convencidos de que la velocidad pura es el santo grial para convertir a miles de millones de usuarios y grandes empresas. Si bien esto es intuitivamente atractivo, resulta insuficiente.
La adopción, y su utilidad como requisito previo, se trata en última instancia de la capacidad, no de la velocidad. Si bien las TPS son innegablemente importantes, la verdadera carrera armamentista no se centra en el coche de carreras más rápido, sino en sistemas de tránsito masivo robustos, eficientes, flexibles e infinitamente escalables. Las aplicaciones financieras a menudo necesitan velocidad, pero las aplicaciones basadas en computación requieren un espacio de bloque abundante y utilizable. Esta es la visión de Web3 como la supercomputadora descentralizada indispensable del mundo.
En ningún lugar esto es más necesario que en Asia, donde la infraestructura heredada ha quedado históricamente rezagada con respecto a Norteamérica y Europa, creando una oportunidad de salto tecnológico con la arquitectura adecuada.
El espacio de bloque supera a las TPS
La obsesión por las TPS, aunque bien intencionada, es fundamentalmente engañosa. La Ley de Goodhart establece: “Cuando una medida se convierte en un objetivo, deja de ser una buena medida”. Demasiados han priorizado exclusivamente el rendimiento a expensas de los principios fundamentales de la blockchain, como la descentralización, la seguridad o la capacidad para una computación significativa y compleja.



