Latinoamérica siempre ha tenido una relación de amor y odio con los Estados Unidos. La relación siempre ha sido una relación bastante compleja, contradictoria y volátil. Una mezcla de resentimiento con admiración. Nuestro poderoso amigo del Norte no siempre es un amigo. De hecho, en ocasiones, es el culpable de todos nuestros males. Otras veces, es un líder. Otras veces, es un aliado. Y, algunas veces, es el héroe de la película. Suele ser el destino preferido de los emigrantes. En la mayoría de los casos, es el socio comercial principal. Y, por lo general, es el ejemplo a seguir. Un modelo que imitamos mientras criticamos. Cliente, proveedor, financista, modelo, victimario y adversario. No nos gusta, pero nos encanta. Los latinoamericanos siempre han tenido un apetito voraz por el dólar. El dólar ha sido el instrumento clásico de estabilidad financiera para los ahorristas e inversores latinoamericanos.
La región siempre ha sufrido de fugas de capitales debido a la inestabilidad de sus gobiernos. De hecho, no es raro la aplicación de estrictos controles cambiarios. Tradicionalmente, muchos empresarios han preferido comprar un inmueble en Miami o ahorrar en dólares en cuentas extranjeras que exponerse a los riesgos de mantener su dinero en sus países de origen. Obviamente, siempre ha existido un problema de confianza.
La solución de los latinoamericanos ante los problemas monetarios de sus respectivos países normalmente ha sido el dólar. Miami, Orlando, Nueva York, etc. En caso de tener que nombrar algunos de los lugares predilectos por los inversores. Y dólares en Panamá, Londres, Suiza, Estados Unidos o alguno de los paraísos fiscales del Caribe.
Los argentinos, los colombianos y los venezolanos, en particular, son bastante conocidos por gran pasión por los billetes verdes. Sin embargo, los gobiernos de estos tres países imponen restricciones para evitar la huida masiva de capitales. En Colombia, no hay un control cambiario como el de Argentina y el de Venezuela. Pero sí hay muchas leyes para evitar el lavado de dinero. En otras palabras, no es casualidad que el mercado P2P en estos países cuente con un volumen tan elevado. Las criptomonedas son tecnologías que ayudan a reducir fricciones. Por ende, no es una sorpresa que se vuelven tan populares en países con grandes fricciones.
Ahora bien, el inversor idiosincrático, por lo general, ve lo que quiere ver. Se trata del síndrome de la confirmación. Para nadie es un secreto que los idealistas suelen sufrir de delirios. Un libertario estadounidense, apasionado de Bitcoin, puede leer los datos de volumen en Venezuela y en Argentina, y malinterpretar la realidad para ajustarla a sus deseos. ¿”Acaso los venezolanos están listos para la utopía libertario”?¿”¡Abajo el dólar!”?



