Hubo un tiempo, no hace mucho, en el que sugerir que los bancos centrales ejercían algún tipo de influencia sobre el precio de Bitcoin era poco menos que una herejía. No se interpretaba como una simple observación económica, sino casi como una declaración política, una afrenta a la esencia misma de lo que Bitcoin representaba. En los foros especializados, bastaba con insinuar que las tasas de interés podían tener un impacto en el sentimiento de los activos de riesgo, incluido Bitcoin, para que uno fuera tildado inmediatamente de keynesiano o, peor aún, de estatista.
Esta postura intransigente provenía en gran medida de la herencia libertaria que permeó los primeros días de la criptomoneda. Se creía firmemente que Bitcoin era una especie de planeta alternativo, inmune a las fuerzas gravitacionales del sistema financiero tradicional. En ese universo, el mundo entero latía al ritmo del espíritu libertario, y el dólar, junto con otras monedas fiat, era visto como un trozo de papel inservible, la creación fraudulenta de bancos centrales dedicados a la “impresión infinita”. La idea de que estas instituciones, tan despreciadas, pudieran influir en el precio de un activo diseñado para subvertir su dominio, era impensable.
Sin embargo, con el paso del tiempo, y a medida que la comunidad de Bitcoin ha madurado, estas posturas se han ido moderando. Lo que antes era un dogma inquebrantable ha dado paso a una comprensión más matizada de la realidad. Ahora, cuando se habla de los bancos centrales, y principalmente de la Reserva Federal de Estados Unidos, el bitcoiner promedio escucha. Ha llegado a comprender que la gran mayoría de los inversores no guían sus decisiones al compás de una revolución ideológica, sino por aspiraciones mucho más prosaicas: ganar dinero. En el mundo real. Y la liquidez, esa capacidad de comprar y vender Bitcoin con facilidad, es un factor que innegablemente influye.
Se ha comprendido que Bitcoin es, en muchos sentidos, un juego de dos. Es el código, sí, pero también es el dólar, o cualquier otra moneda fiduciaria con la que se empareje. Es un par. Y la abundancia o escasez de uno de los elementos de ese par influye de manera notable en el precio del otro. En el plano anecdótico y subjetivo, es decir, en mi opinión, la comunidad comenzó a entender esta dinámica una vez que presenció cómo Bitcoin se disparó con las inyecciones masivas de liquidez durante la pandemia. Y, de la misma manera, comenzó a caer una vez que la inflación se convirtió en un problema ineludible y la Fed anunció la primera subida de tasas después de una década de tipos prácticamente por los suelos.
La evidencia de que la Fed ejercía una influencia era ya abrumadora. Por muy libertario, antiestatista o antikeynesiano que uno fuera, negarlo se había vuelto una locura. La ilusión de que los bancos centrales no tenían nada que ver con el precio de Bitcoin pudo mantenerse en el contexto de tasas de interés relativamente estables y bajas durante mucho tiempo. Era un período de calma, donde el flujo de capital no se veía tan directamente afectado por las decisiones monetarias. Pero una vez que ese contexto se tornó mucho más complejo, con una inflación galopante y la necesidad de acciones drásticas por parte de los bancos centrales, esa ilusión se volvió insostenible.