Los avances en la lucha contra la inflación han sido recibidos por el mercado con un gran optimismo. Después de un año bastante duro para los inversores, un nuevo optimismo ha llegado para generar alzas. Por supuesto que esta ola optimista se ha construido sobre una narrativa. ¿Cuál narrativa? Una narrativa especialmente optimista que nos plantea un escenario bastante favorable en el contexto macroeconómico. Nos habla de una reducción de la inflación sin mayores daños, ni complicaciones. Lo que, a su vez, implica el pronto retorno de unas condiciones monetarias mucho más suaves.
La fragilidad de esta narrativa no yace en el entusiasmo que evoca. Por supuesto que la narrativa produce compradores. Sin embargo, el problema surge una vez que entramos en los detalles. Si vamos a los detalles, nos damos cuenta que la lucha contra la inflación nunca es fácil. Y me temo que el reconocimiento de esta dura realidad nos podría llegar, tarde o temprano, a una dolorosa corrección. Antes de la caída, seguramente, veremos unas alzas modestas de bajo volumen. Eso es normal. Porque las primeras alzas despiertan la codicia de los minoristas y todavía hay ballenas manipulando el mercado para poder vender a un mejor precio. Pero una narrativa basada en falsas expectativas no dura mucho tiempo. Son pasajeras por naturaleza. Pueden durar semanas o meses. Sin embargo, tarde o temprano, los hechos contradicen la narrativa de manera innegable. En ese momento, el mercado dará un giro.
Los mercados son muy propensos a exagerar. ¿Cómo funciona ese proceso? Bueno, el asunto va así. De pronto, surge una narrativa (falsa o verdadera) creada por una nueva interpretación de la situación. Los primeros compradores compran sobre una serie de suposiciones. Estas suposiciones se convierten en una profecía autocumplida. La narrativa en sí es el motivo de las alzas. Pero el mercado interpreta las primeras alzas no como una profecía autocumplida sino como una validación de los argumentos de la narrativa. O sea, el mercado concluye que los primeros compradores han debido estar en lo cierto desde el principio. Después de todo, sus pronósticos se cumplieron. Las alzas funcionan como una prueba de veracidad. Esta validación fortalece la narrativa y, debido a esto, llegan más compradores. Lo que crea un proceso de retroalimentación mutua. El miedo desaparece y se impone la codicia.
En este proceso, la masa se vuelve cada vez más irracional. En otras palabras, con el pasar del tiempo, se produce una brecha cada vez más grande entre la realidad y la expectativa. Tarde o temprano, resulta más evidente que el mercado se está equivocando como resultado directo de la exageración. Más tarde, la masa, al darse cuenta de su error, entra en pánico. La codicia se convierte en miedo en cuestión de horas. Los precios caen en caída libre debido a las ventas masivas.
Ahora bien, es cierto que hemos tenido muchos avances en la lucha contra la inflación. Muchas de las fallas en las cadenas de producción y distribución que experimentamos durante la pandemia se han solventado gradualmente. En ese sentido, hemos mejorado bastante. Lo que se ve reflejado en el precio de algunos rubros. Por otro lado, el exceso de demanda ha mermado mucho gracias al aumento en los costos del crédito. Eso ha hecho que la inflación no siga aumentando. De hecho, ya ha comenzado a bajar. Y eso, precisamente, es lo que está reconociendo el mercado como positivo.