El crecimiento económico reciente en América Latina y el Caribe presenta una paradoja central que, según los análisis de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), merece una profunda reflexión. La región ha logrado mantener una senda de crecimiento, aunque moderada, que se sostiene principalmente en un motor: la demanda interna. Este fenómeno, si bien permite a los gobiernos exhibir resultados positivos en el corto plazo, es un indicio de un desequilibrio estructural que amenaza la sostenibilidad a largo plazo.
El consumo privado es la columna vertebral de esta expansión. Cuando la gente gasta, la actividad económica se dinamiza. El aumento de la demanda se traduce en mayores ingresos para las empresas, lo que estimula la producción y, crucialmente, la creación de empleo. Con más personas ocupadas y percibiendo salarios, el círculo virtuoso se alimenta: la población produce más y, a su vez, puede permitirse gastar más. Este impulso ha sido fundamental para que la región supere los choques externos y las turbulencias macroeconómicas recientes, evitando una parálisis económica. La resiliencia del consumo ha sido una salvaguarda.
Sin embargo, apoyarse casi exclusivamente en la demanda interna conlleva riesgos inherentes. La demanda es solo una cara de la moneda del crecimiento. Si la producción nacional no es capaz de responder a este aumento del consumo, la presión se traslada a los precios, generando presiones inflacionarias. Esto obliga a los bancos centrales a mantener políticas monetarias restrictivas, elevando los tipos de interés para enfriar la economía y, de paso, limitando la inversión productiva. De esta forma, lo que inicialmente es un motor de crecimiento se convierte en un factor de inestabilidad macroeconómica.
Aquí es donde el comercio exterior entra en escena como el gran lastre. Un crecimiento verdaderamente sólido y sostenible requiere que la economía no solo consuma, sino que también produzca eficientemente y venda sus productos y servicios al mundo. La CEPAL ha señalado la debilidad estructural del sector externo como el principal factor que frena el potencial de crecimiento de América Latina. La capacidad de la región para generar divisas a través de las exportaciones, y para insertarse de manera ventajosa en las cadenas globales de valor, sigue siendo insuficiente.
Esta debilidad es multifactorial. Se debe, en parte, a la escasa diversificación de las exportaciones, muchas de las cuales siguen concentradas en materias primas con valor agregado limitado. Además, persisten graves deficiencias institucionales y de infraestructura que elevan los costos logísticos y de transacción, haciendo que los productos de la región sean menos competitivos en los mercados internacionales. El proteccionismo en algunos países también impide la llegada de bienes intermedios a precios competitivos, afectando la productividad de los sectores exportadores.