Antes de las redes sociales, el mundo era muy diferente. Los que tenemos un par de canas lo sabemos. El cambio ha sido brutal. Muchas cosas buenas, sí. Pero también muchas malas. Antes, veíamos en la tele a un experto hablando de algo. Y luego a otro experto diciendo lo contrario. Y nosotros nos quedábamos callados, escuchando. Ahora todos somos expertos. O eso creemos. Y podemos discutir con cualquiera, aunque no tengamos ni idea. Y así nos va. El caos está servido. ¿Qué ha pasado? ¿Nos hemos vuelto más listos o más tontos? ¿Más libres o más manipulados? ¿Más informados o más confundidos? No lo sé.
La inteligencia artificial (IA) es una de las tecnologías más prometedoras y poderosas de nuestro tiempo, pero también una de las más peligrosas y difíciles de controlar. Por eso, muchos expertos y organizaciones están tratando de establecer normas y principios éticos para regular su uso y evitar sus posibles consecuencias negativas.
Silicon Valley tiene una forma muy particular de innovar: lanzar productos y servicios al mercado sin haberlos probado ni regulado lo suficiente. Así, los usuarios se convierten en conejillos de indias que sufren las consecuencias de los fallos y los abusos. Es como si les dieran cuchillos a los niños y les dijeran: “Diviértanse, pero no se hagan daño”. Y luego, cuando ya hay demasiados heridos y muertos, llegan los reguladores y les quitan los cuchillos o les ponen fundas protectoras. Esa es la filosofía de “inventa cosas y rompe cosas” que caracteriza a Silicon Valley. Una filosofía muy creativa, pero también muy irresponsable.
¿Por qué Silicon Valley actúa así? Porque tiene mucha prisa. Prisa por llegar antes que la competencia, por satisfacer a los inversores, por captar la atención del público. Muchos inversores ponen su dinero en el sector tecnológico, y quieren ver resultados pronto. Así que las tecnológicas tienen que crear expectativa, mostrar que son los primeros y los mejores en innovar. Pero eso tiene un precio. Ese sentido de urgencia les hace descuidar aspectos importantes como la calidad, la seguridad o la ética. Y, al final, los que pagan los platos rotos son los usuarios, que se encuentran con productos y servicios defectuosos, peligrosos o invasivos.
Una de las lecciones que hemos aprendido de la experiencia con las redes sociales es que no se puede esperar a que sea demasiado tarde para actuar. Las redes sociales han demostrado ser una herramienta muy útil para conectar a las personas, compartir información y expresar opiniones, pero también han generado problemas como la desinformación, el odio, la polarización y la manipulación.