¿Te has preguntado alguna vez cómo es que las redes sociales saben tanto de ti? ¿Cómo es que te muestran anuncios de cosas que te interesan, o que te hacen falta, o que ni siquiera sabías que existían? Pues bien, la respuesta es simple: venden tus datos. Sí, así como lo oyes. Tus gustos, tus hábitos, tus preferencias, todo eso tiene un precio para las empresas que quieren venderte algo. Y no solo eso, sino que además te clasifican en grupos muy específicos, según tu edad, tu género, tu ubicación, tu nivel de ingresos, y hasta tu estado de ánimo. Así, cuando una compañía quiere llegar a un público determinado, la plataforma le dice: “No hay problema, yo te lo consigo”. Y así es como te bombardean con ofertas irresistibles, o con mensajes persuasivos, o con falsas promesas. Todo sea por el dinero. Pues eso es lo que se llama el modelo de negocios de las redes sociales: explotar tus datos y segmentarte al máximo.
Muchas veces pensamos que el problema de que las redes sociales vendan nuestros datos es solo una cuestión de privacidad. Que nos están espiando, que nos están violando, que nos están robando. Y en parte es cierto, pero no del todo. Porque la mayoría de las veces, nosotros mismos somos los que compartimos nuestra información con el mundo. Nos gusta mostrar lo que hacemos, lo que pensamos, lo que sentimos. Y cuando nos enteramos de que las redes sociales usan esos datos para mostrarnos anuncios, no siempre nos molesta. Al contrario, a veces hasta nos parece útil. Por ejemplo, si a alguien le gustan las criptomonedas, no le importa que la plataforma le muestre publicidad sobre ese tema. Es más, hasta le agradece. Piensa que la red social le está ayudando a estar al día, a encontrar oportunidades, a aprender más.
¿A quién no le gusta que la plataforma le muestre contenido que le interesa? ¿Qué le divierte? ¿Qué le emociona? Es muy agradable que la red social sepa lo que nos gusta y nos lo ofrezca. Que nos recomiende sitios que podrían gustarnos. Que nos adapte el contenido a nuestros gustos. Que nos haga sentir especiales. El algoritmo usa herramientas de inteligencia artificial para predecir qué nos va a gustar y qué no. Y así nos crea una burbuja de información a medida. Una burbuja donde todo es bonito, donde todo es fácil, donde todo es cómodo. Una burbuja donde no hay contradicciones, ni conflictos, ni desafíos. Una burbuja donde no hay diversidad, ni pluralidad, ni complejidad. Una burbuja donde solo vemos lo que queremos ver, y no lo que necesitamos ver.
El algoritmo no es perfecto. No puede leer nuestra mente, ni conocer nuestra personalidad, ni entender nuestro contexto. Solo se basa en datos estadísticos, en promedios, en tendencias. Y a veces se equivoca. Por ejemplo, puede que te gusten las causas ambientales y los derechos de los animales. Pero eso no significa que te encanten los videos de gatitos rompiendo cosas. El algoritmo te muestra uno, porque cree que te va a gustar. Tú lo ves, porque la plataforma te lo pone en frente. Pero luego de verlo, la plataforma piensa que te gustó mucho. Al fin y al cabo, lo viste. Y entonces te empieza a mostrar más y más videos de gatitos. Y no solo eso, sino que también te muestra anuncios de comida para gatos, de juguetes para gatos, de ropa para gatos. Y así te convierte en un fanático de los gatos, sin que tú lo quieras.
Esas plataformas tienden a encerrarte en una burbuja de información que solo te muestra lo que quieres ver. Te obligan a segmentarte según tus intereses y te conectan con personas que piensan igual que tú. Y lo peor es que te ocultan las opiniones diferentes, las críticas y los debates. De esta forma, te crees que todo el mundo está de acuerdo contigo y que tu tribu tiene la razón absoluta. Pero no te engañes, la realidad es mucho más diversa y compleja. No dejes que te aíslen. Solo saliendo de la zona de confort y explorando otras perspectivas podemos aprender.